jueves, 18 de junio de 2015

Tierra firme

Luego de algunos días viviendo en alta mar, volvimos a tierra firme. Maravillados y profundamente agradecidos con la vida del mundo bajo el agua, volvimos a pisar quietud, después de unos bellísimos y ondulantes días de convivir en un bote con unas 20 personas.
Estábamos en Gili Air cuando Firman, dueño del home stay donde nos quedábamos, nos ofreció un “tour” a Komodo. La verdad es que no somos fans de apretujarnos con turistas y depender de lo que “hay que ver y visitar”. Preferimos siempre hacer nuestro camino, ir tomando sugerencias, recomendaciones y datos que vamos leyendo y encontrando… Y hasta andar por lugares desconocidos, que no hayamos escuchado nombrar. Pero dado que Firman, con su enorme sonrisa (superlativa en un cuerpo tan pequeñito), nos lo suuuper recomendó, y considerando que unos amigos argentinos nos habían advertido que en las islas de Flores y Komodo no había más alternativas que tomar tours, aceptamos. 

Lui con Firman e Ida 

Creo que ya había comentado que Indonesia está conformada por 17.000 islas. Sí, 17 mil. Literalísimamente. Obviamente muchas de ellas no están habitadas, y sospechamos que ni siquiera exploradas. Ya habiendo estado en Bali y en Lombok (las Gilis son parte de Lombok, luego les contaremos de esa parte del viaje), queríamos conocer Komodo y Flores, que nos habían hablado taaan bien de ellas.
Así fue como nos embarcamos el sábado 13. 7:30 am, post lombok cofi y banana pancake, nos tomamos el taxi que nos llevaría de Kuta Lombok, al sur, a Bangsal, el puerto que está al norte de la isla. Casi tres horas demoramos en llegar. Así son las distancias y los tiempos acá. El taxi que nos llevaba también llevaba a una mujer y una bebita al aeropuerto, a otra chica a la estación de bus, a otra a un hotel… y así hasta que arribamos al bar donde nos juntábamos con los otros integrantes del barquito. Realmente no estábamos muy enterados de cómo sería el bote. Sólo sabíamos que había opción de dormir en camarotes privados o en el deck compartido. Claramente optamos por la más barata, mats en el deck. Mientras esperábamos charlamos con algunos locales, como siempre. Ellos simpatiquísimos, sonrientes, amables como pocos seres hemos conocido y, claro, algunos oportunistas. Carnada fácil, nos ofrecieron un vino de arroz. Que en el barco hace frío, que este vino lo hace mi tía, que es un litro, blablablá. Compramos. Llegó el vino en una botella de agua mineral. Apenas lo olimos. Bien, prometía sabor. Y lo cumplió.

Llegamos al muelle buscando el barco. Bueno, el bote. Uno imagina escalones, una rampita, alguna forma de acceder a bordo. Pues no. Pararse en el borde del muelle y saltar cuando el viento acerque lo suficiente el barquito. De entrada, todos riéndonos, entre sorprendidos y no tanto. Ya nos vamos acostumbrando al indonesian style. Y nos encontramos con el que sería nuestro hogar por los próximos cuatro días. Un espacio libre en cubierta, banco a cada costado, y una escalerita de cuatro pasos para llegar al deck donde nos encontramos con 16 mats en el piso, cada uno con su almohadita y su manta. Pata cabeza, sin espacio entre los colchones, bienvenidos a la vida en comunidad sobre el mar.

Nótese arribita el "cuarto" compartido

El primer día solamente navegamos. Y comimos, claro. Arroz con vegetales y fideos, algo así como el mie goreng que ofrecen en todos los “warung” acá. La comida de todos los días fue básicamente arroz y verduras, pero con una creatividad tal que comimos siempre algo distinto. ¡Y muy rico!Nos habían advertido que ninguno de los de la tripulación hablaría inglés hasta la mañana siguiente, que un nuevo integrante se sumara. Así que si necesitas algo, señas, mímica y que sea lo que sea.


Obviamente el bote tenía un baño. Uno. Que constaba solamente de un inodoro. Un balde con agua de mar y su cacharro para “tirar la cadena”. Debo admitir que durante los cuatro días se mantuvo bastante limpio y en condiciones. Claro que de ducha ni hablar. Y claro que a uds les parecerá evidente, pero por algún extraño motivo, tuve la delirante idea de que tal vez habría alguna ducha en alguna parte, algo de agua dulce. Mas no. De hecho, té y café salían saladitos también.
La primera noche se nos hizo difícil dormir. A casi todos, menos a Lui que roncaba como un campeón, mientras los demás nos íbamos levantando por el movimiento por momentos incontrolable. Toda la noche navegamos. Yo dormía pegada a una ventana, así que cada tanto me asomaba y planeaba la forma de salir con vida (y con Lui, claro) en caso de que nos diéramos vuelta. Y mirando por esa misma ventana me encontré con un manto de estrellas, con una noche ventosa y un cielo sin luna pero tan despejado…

Los dos días que siguieron fueron de mucho snorkeling. Vimos peces y corales de todo tipo y color. Estrellas de mar, anémonas, peces mínimos y otros bastante grandecitos. Los solitarios, los que van de a dos, los que andan en cardumen de acá para allá. Hay tanta vida bajo la superficie del mar…  Todo un universo paralelo, siguiendo sus propios ritmos, su oleaje, sus temperaturas diversas, su movimiento inalterable y constante.
Paramos en las islas Moyo, Satonda y Laba. Caminamos a las cascadas de la primera; en Satonda todos fueron a ver una laguna pero nosotros nos quedamos flotando y observando la vida acuática; y también hicimos un pequeño trekking en Laba, a las 7 de la mañana, después de ver el amanecer tomando un “kopi”. El punto máximo fue cuando en medio del mar, ante la inmensidad azul, Antonio (el único de los guías que hablaba inglés) se paró en la proa del bote y nos avisó que estábamos pasando por el “manta point”, lo cual podía significar que viéramos alguna manta. Obviamente, y esto lo aclaran ellos todo el tiempo, se trata de vida silvestre y salvaje, con lo cual nada está asegurado, y el hecho de que en esa zona suela haber mantas no garantizaba que fuéramos a encontrarnos con alguna, pero de todas maneras, apenas Antonio nos dijo que estábamos en el área, cada uno agarró su máscara de snorkel y nos preparamos para saltar. El bote en movimiento, lento pero andando, vimos pasar una leeeejos, que siguió de largo. Y de pronto “¡Manta manta, jump, jump!”. Antonio arengando para que nos tiráramos del bote. Y así lo hicimos. Uno a uno fuimos cayendo al agua. Increíble la manta. Increíble su tamaño, su color, su forma de moverse… Increíble cómo de pronto levantó su cabeza y nos miró. Habrá sido porque percibió nuestra presencia, y no sabemos si le habrá molestado o no, pero nos miró y abrió la boca. Miedo. Por un segundo todos (lo compartimos luego, ya de vuelta en el bote) tuvimos un poquitín de miedo. Porque de verdad nos miró y subió un poco, ella que iba al ras del suelo. Se mueven con una velocidad increíble. Pero la seguimos, y fueron pasando otras más por el lugar. Realmente es indescriptible lo bello y enigmático que fue ese encuentro, ese momentito de contacto, y de observar a estos seres enormes, preciosos, entre negros y tornasolados, como de terciopelo. Fascinante… La belleza, el respeto, el miedo y la admiración por la naturaleza conviviendo por un instante. Definitivamente una experiencia alucinante.
Esa tarde fuimos a una playa de arena rosa. Y aunque no resultó tan rosa como esperábamos, sí vimos algo de su brillo rosado, y aprovechamos para pasar un par de horas sobre la arena, en tierra firme. Y claro, hicimos snorkeling también. Precioso.

Groso fotógrafo el guía. Parece de piedra pero es muuuy real

El último día nos levantamos a las 6 para llegar tempranito al parque nacional de Komodo. El Parque, que fue creado en 1980 para conservar la especie de los dragones de Komodo, y en 2011 fue declarado como una de las siete maravillas naturales del mundo, está compuesto por las islas de Komodo, Rinca y Padar. Nosotros visitamos las dos primeras. De verdad es muy lindo visitar el Parque porque está en estado natural natural. No es un zoológico, no hay nada adaptado a los seres humanos, sino al contrario, allí somos nosotros los que nos adaptamos a los habitantes del lugar. Y es realmente bellísimo. Nuevamente nos habían advertido que no podían asegurarnos que los veríamos, y de hecho supimos que en los últimos tres días ninguno de los grupos de visitantes había tenido la suerte de cruzarse con alguno de los dragones. Bendecidos como con las mantas, nos encontramos con seis de ellos durante el trekking. El primero que vimos tenía una panza impresionante. Nos explicaron que seguramente habría comido el día anterior, y también nos contaron cómo es que estos reptiles se hacen de alimento. Resulta que los dragones de Komodo (que pueden llegar a medir más de 3 metros y pesar cerca de 100 kilos) tienen una mordida venenosa. Ellos encuentran una presa y la atacan, pero no la comen ni despedazan en el momento, simplemente la muerden y se van. Con esa mordida, dejan en la herida su saliva, que tiene alrededor de 60 bacterias, lo cual hace que la herida se infecte y no cure ni cicatrice, y como consecuencia el animal atacado muere en un plazo de tres días. Momento en el cual el dragón, siguiendo su olfato, encuentra a su presa y la devora. Estos dragones pueden comer hasta un 80% del peso de su cuerpo. Y comen una vez por mes, aproximadamente. Mientras nos cuentan todo esto, observamos cautelosos al dragón que avanza lento, pesado, y para cada tanto a descansar, apoyando su barriga sobre la tierra. Cuando seguimos camino nos encontramos con un dragón chiquito, de unos tres años, según calcula el guía. Todos paramos a verlo andar, entre comentarios de ternura y de pena, porque sabemos que los pequeñines muchas veces están en peligro, ya que los dragones suelen comerse entre ellos. Es por eso que los bebés al nacer suben a un árbol, hace un hueco y apenas se asoman para buscar algo de comer. Allí se quedan hasta cumplir los tres años aproximadamente, edad en que bajan definitivamente y empiezan a reptar por la tierra como sus mayores. Mientras miramos al chiquitito, que se mueve bastante rápido, escuchamos de pronto a uno de los guías advirtiéndonos que nos movamos porque viene a nuestras espaldas una dragona a toda velocidad. Y entonces nos cuentan también que las hembras son mucho más agresivas y peligrosas que los machos. A todo esto, los cuatro guías que nos acompañan llevan en sus manos unos palos largos que en la punta se bifurcan. Con eso alejan a los dragones por el cuello, en caso de que alguno quiera atacar.  En la isla de Rinca vimos algunos dragones también, pero fue más atractiva la diversidad que otra cosa: monos, ciervos, chanchos y hasta un búfalo conviviendo con estos dragones que vaya a saber uno cuándo atacan para comer.

Maravillosa naturaleza, sabia, escalofriante y divina. Las sensaciones se acumulan, se entremezclan, se tropiezan. Y nos sentimos bendecidos e infinitamente agradecidos por tanto. Por este viaje, por estos cuatro días de encuentro íntimo y profundo con la naturaleza, que se nos muestra, que nos invita, y que nos marca sus límites. Fascinante y más que recomendable experiencia. Imperdible paso para quienes anden por aquí en algún momento. 

viernes, 5 de junio de 2015

(casi) todo lo que Bingin es

Bingin es 
sol, 
arena, 
mar, 
descanso,
disfrute,
mar,
comidas ricas,
jugos de frutas, 
mar, 
pies descalzos, 
baño compartido, 
mar, 
surf, 
fotos, 
mar, 
paraíso,
mosquitero que envuelve la cama, 
mar, 
limonadas, 
galletas de avena y miel, 
mar, 
lectura, 
meditación, 
mar, 
risas, 
compartir, 
mar, 
fuego en la playa, 
arak con coca, 
mar, 
amigo español, 
amiga chilena, 
mar, 
flores amarillas, 
ofrendas a los dioses, 
mar, 
bali cofi, 
gatos rondando, 
mar, 
sonrisas, 
agua para el mate, 
mar, 
corales, 
piedras, 
mar, 
escaleras, 
perros andantes, 
mar, 
tea tree para las heridas, 
lluvia copiosa, 
ojos achinados, 
mar...

jueves, 28 de mayo de 2015

Bingin, o una forma del paraíso

Llegamos a Bingin por recomendación de Mat, amigo de Lui que pasó dos meses en Indonesia haciendo base en este lugar, a un hostel en la playa recomendado por Joaco, amigo argentino residente en Sydney que conocimos a través de Guada y Tom, que a su vez los conocimos por medio de Anita y por Mechi, amiga y ex alumna de la mamá de Lui. En fin, el mundo de las relaciones y sus relaciones…
La cuestión es que llegamos a Bingin el miércoles 20. El taxista no estaba muy enterado de dónde quedaba este lugar, pero de alguna forma llegamos, ya que sabíamos que era “near Uluwatu”. Bajamos en el public parking y empezamos a preguntar por Swamis, nuestro hostel. Entre indicaciones varias, con el sol pegando fuerte y las mochilas pesando otro tanto, bajamos los 174 escalones (sí, los contamos) que nos condujeron a destino. Equivalente a la fiaca que suscita en primer lugar la escalera eterna, es lo maravilloso de que no llegue la ruta hasta acá. Bingin es un paraíso. La playa es chiquita, llena de corales, y preciosa. El mar turquesa, bah… azul, celeste, turquesa, verde… toda una gama desplegada entre sus olas.

¿Quiénes habitan Bingin? Básicamente surfers. Algunos locales, y otros muchos extranjeros que vienen a disfrutar de la perfección de estas olas. Porque de verdad son per-fec-tas. Rompen simétricas, ideales para quien sabe hacer uso de esos tubos de agua cristalina.
La marea sube y baja cíclicamente según las horas del día. Cuatro o cinco barcitos son las opciones para desayunar y almorzar, y la cena es a la luz de las velas a la orilla del mar, y temprano. Pesca del día, arroz y verduras. Cerveza Bintang helada siempre como opción, y jugos de fruta fresquísimos.

Vivimos descalzos, más que un año en ojotas, este capítulo se llama un año en patas. Vivimos en pies enarenados. En contacto con el suelo, con la tierra, con el agua… Sin maquillaje, sin planchita, sin abrigos ni máscaras de ningún tipo. El mar se volvió el silencio que no es silencio. Escuchamos de fondo el sonido constante de las olas yendo y viniendo. Todo el tiempo. Desde el cuarto, desde la terraza, desde el baño. Mientras comemos, mientras dormimos, mientras charlamos, mientras leemos. El mar está ahí. Insilenciable y absolutamente presente. A veces ruge con fuerza, y otras se aparta un momento, como dejando la danza en pausa, para luego retomar el vaivén inagotable de su ritmo.  


miércoles, 27 de mayo de 2015

Un poco más de Ubud

Y como Ubud ofrece tantas opciones de masajes, spa y demás propuestas relajantes, decidimos sumarnos y probar un masaje balinés. Recomendable no, lo siguiente (como dirían mis amigas Maki y Almudena). Desde el momento en que pisamos Sang Spa, "Natural Holistic Centre", nos mimaron. Unas pantuflitas, un té de rosellas, música, agua corriendo y sonrisas a montones (aunque esta es en realidad una característica propia de todos los balineses). Elegimos el masaje balinés para ver de qué se trataba, y fue una gran elección. El lugar impecable, muy lindo, una musiquita divina, aceites riquísimos... Nos sentimos muy bienvenidos, muy cuidados y cómodos. Placer imperdible que potencia la delicia de la visita a Ubud.

Después del masaje, y habiendo tomado un rico té de jengibre y comido granadilla, salimos relajadísimos a buscar a Wayan Nuriasih. Algunos tal vez la ubiquen por el libro de Elizabeth Gilbert, Comer, rezar y amar (o tal vez por la peli). Wayan es una mujer sanadora (y la primera hija de su familia, a juzgar por su nombre, claro), que atiende en el Traditional Balinese Healing Center, donde ofrece lecturas corporales, masajes, y tratamientos naturales para cuestiones tanto físicas como emocionales. Llegamos a la puerta y nos encontramos con un cartel apenas visible, muchas plantas y un portón de chapa a medio abrir. Bajé de la moto y Lui se quedó afuera esperando, no estábamos seguros de que fuera el lugar correcto, ni si ella nos recibiría. Entré como si nada, puerta abierta, ella adentro sentada a la mesa con otra chica. Imaginé que iba a encontrarme con alguna secretaria o alguien que me dijera que esperara, dada la popularidad que adquirió después del libro y demás. Pero no. Ahí estaba ella con su sonrisa, sus ojos achinados y su pelo negrísimo y brilloso. Le dije que quería charlar con ella por algunas cuestiones físicas, apenas esbocé algo de mi tiroides, y ella me dio una hoja para que completara con mi nombre y país. Ofreció hacerme una lectura corporal rápida, en base a la cual me diría cuánto podía costarme. Y eso hizo. Me dio un manojo de flores y me hizo sentar en una silla. Lui entró y se sentó también, mientras Wayan terminaba de hacerle una lectura a la chica que estaba ahí sentada, Yasmeen. Nacida en Los Ángeles pero de raíces centroamericanas, cuando nos escuchó hablar se sumó al castellano, encantada. Pasado el tiempo de sostener las flores, Wayan empezó a hacerme la lectura corporal, anotó varias cosas y luego charlamos un rato. El tratamiento que me ofrecía resultó inaccesible para mí en este momento, pero de todas formas fue más que interesante conversar con ella y su frescura, y compartir algunas ideas.

El lunes era nuestro último día, así que alquilamos moto y salimos a visitar las terrazas de arroz, en Tegalalang, a 11 km del centro de Ubud. Bellísimas, verdísimas. Caminamos entre las terrazas, respirando la humedad y el sol que tan bien les hacen.
Hacía mucho calor, así que a la tarde salió paseo y luego pileta en la guest-house. Esa noche fuimos a “Pondok Bamboo Musician” a ver el Shadow Puppet Theater. Había leído sobre este teatro tradicional balinés, que narra las historias y mitos propios de estas tierras, acompañados por una orquesta, aquí llamada gamelan. Resultó ser más cómico y bizarro de lo esperado, realmente creí que nos encontraríamos con una narración épica, dado que lo que se contaba era la historia del dios Rama y el rapto de su esposa Shita, el enfrentamiento del dios con Rahwana, el raptor, y las peripecias propias del caso: un ejército de monos, las profundidades del infierno y Kumbakarna, el hermano que muere por defender su patria. Pero en lugar de eso nos encontramos con sombras que hablaban inglés y mezclaban lo mítico con las reminiscencias de un típico diálogo turista-mototaxi. Conclusión: no fue del todo malo, pero tampoco una experiencia mítica. Musicalmente me encantó, aunque Lui, con justa razón, sigue afirmando que podrían hacer algo mejor.

Paréntesis ñoñesco pero que puede ser interesante y/o útil: El idioma oficial de Indonesia (que está compuesta por 17.000 islas y cientos de dialectos) es el indonesio, bahasa, pero los balineses hablan balinés. Aquí un breve glosario fonético y práctico:
Haló=Hola
Suksumá=gracias (en bahasa sería Trimacasí)
Moalí=de nada
Buka=Abierto
Tutup=Cerrado
Slamatingá=Hasta luego
Pantai=Playa
Lau=Mar
Air=Agua
Gratis=Gratis =)
Y volviendo a los nombres unisex, cuando la persona es mujer lleva como artículo Ni, y si es hombre es I. Ni Wayan, I Wayan, por ejemplo.

Y algunas páginas recomedadas para chusmear y conocer un poco más de Ubud:


El martes a la mañana, post desayuno, nos despedimos de Ubud y partimos a Kuta. Ahí nos quedamos solamente un día, para hacer el trámite de la extensión de la visa (o más bien empezarlo). Resulta que cuando entramos a Indonesia, con la visa “on arrival”, o sea tramitada en el aeropuerto, nos dieron solamente 30 días (como si fuera poco… pero en el contexto de este viaje… bueno, se entiende). Como queremos quedarnos 56 días exactamente, tuvimos que pedir una extensión. Obviamente si uno va a una agencia de turismo y paga el doble, o más, de la que cobran en inmigraciones, sólo hay que acercarse una vez para la foto y ellos se encargan del resto. Pero nosotros preferimos hacerlo por nuestra cuenta, así que resultará que iremos tres veces a la oficina de inmigración. De todas formas es super accesible la ubicación, y está todo perfectamente organizado para que no haya casi espera, así que lo tomamos como paseo y ya.
Kuta no tiene mucho para ver, es muy ciudad. Ruido, caos, motos, muchas motos, y miles de puestitos de ropa, accesorios, comida, etc. Tiene playa, pero apenas pasamos a verla. El día en Kuta fue más bien de descanso, mates y lectura bajo techo.  



martes, 19 de mayo de 2015

Empezando con Indonesia... Ubud

La madrugada del 15 de mayo Wayan, el taxista que nos llevó del aeropuerto de Denpasar a Ubud, me bautizó Ketut-Clara. Resulta que los balineses tienen la tradición (entre tantas otras, dado que sus vidas están colmadas de ellas, así como de ceremonias y rituales) de bautizar a las personas según el orden en que llegan a la familia. Así, tienen solamente cuatro nombres que valen tanto para mujeres como para hombres. Estos son, en orden de primero a cuarto hijx, Wayan, Made, Nyoman y Ketut. Lui entonces resultó ser Wayan-Luis. ¡Genial! 
Cuando bajamos del taxi, ya en la guest house donde nos hospedamos, nos recibió un hombre pequeñito y sonriente (a pesar de que claramente lo despertamos). Estiró su mano para presentarse diciendo "Ketut", le respondí con una sonrisa y estiré mi mano mientras sorprendida le dije "I am Ketut too" ("Yo también soy Ketut"). Nos reímos los cuatro. Y esa fue nuestra llegada a la isla de Bali que, entre sombras por la oscuridad de la noche, parece una belleza. Belleza oriental, exótica, de una estética compleja, pero belleza profunda. ¡Veremos cómo resulta a la luz del sol!

Y sí… de día Ubud es la belleza que las impresiones nocturnas prometían. Selva, toda selva y terrazas de arroz. Los monos son transeúntes y una gran atracción para los turistas, que caminamos maravillados por estas callecitas repletas de barcitos, de puestos y de sonrisas.
La comida en Ubud es deliciosa, los sabores balineses se mezclan con otros del resto de Asia, y con unos jugos de frutas naturales hechos en el momento que completan el combo. Todo es super accesible (especialmente comparado con Australia, claro), fresco y sabroso. Recomendados hasta ahora: el tahu goreng manis (tofu en una salsa balinesa muy rica, super –pero equilibradamente– especiada) y el tuna panggang sambal matah (es atún grillado con una salsita parecida a nuestra criolla, también con arroz y verduras). Ubud ofrece tantas opciones de lugares para comer, como platos y precios. Hay de todo, y hasta lo más ridículamente barato es riquísimo.
Es cierto que Ubud es muy turístico, y que somos muchos paseando por sus calles. Pero nada de eso le quita el encanto, nada nubla la belleza de sus colores y su espiritualidad proclamada en sus tantísimos templos, en el yoga que se respira, en el modo de andar de algunos…
Bali es una mezcla de paz y armonía y un pasado turbulento de violencia. La religión predominante en Indonesia es el islam pero la población de Bali es hinduista (un hinduismo-balinés, que mezcla la doctrina hindú con el culto a los santos budistas), en un 90%. El territorio de la isla ha visto mucha muerte, mucha lucha, muchos intentos de conquista, mucho enfrentamiento de poder. Y ni hablar del tráfico de drogas… tan fuerte, tan difícil y tan presente, a pesar de tener leyes extremas al respecto, con pena de muerte incluida. Los policías son atentos y amables, pero tienen fama de ser hiper-corruptos, por suerte todavía no tuvimos ocasión de comprobarlo (y esperamos no tenerla en ningún momento, preferimos quedarme con la duda).

La noche en Ubud es muy divertida. Muchos bares, muchos muchos para elegir. Bandas en vivo, balineses tocando y bailando salsa…. ¡Los ritmos latinos apasionan en el mundo entero!
Ubud tiene una sola biblioteca, Pandok Pekak, a la cual uno puede asociarse para sacar en préstamo los libros que se quiera. Tienen un espacio dispuesto para la lectura, y ofrecen cursos y talleres de artesanías, pintura y demás artes que aquí son tan exploradas. La vida artística de Ubud es tan frondosa… ¡El arte está por todos lados! Especialmente el arte plástico, en las miles de galerías que se cruzan en el camino, así como la danza y la música.



El domingo empezó con un rico desayuno, como todos nuestros días en realidad… Pero con un invitado especial a la mesa. Resulta que mientras charlábamos y disfrutábamos del calorcito de la mañana, muy sigilosamente se acercó un mono a nuestra mesa, y trepó a la silla vacía. Sin el mínimo reparo fue seleccionando del plato las frutas que más lo tentaron, comiéndolas como si nadie más estuviera ahí. Sorprendidos los dos, tanto por el mono sentado a la mesa como por su tranquilidad y nula agresión, nos levantamos lentamente, mientras le avisábamos a los dueños de la posada que teníamos un “new friend”. En cuanto el monito (colmillos grandecitos al margen) se dio cuenta que se le venía la noche, rápidamente se metió varios pedazos de sandía bajo el brazo, abandonó la silla y trepó al techo como si nada. ¡Maravillosa naturaleza en la que estamos! Salvaje y divina.



Y si de monos se trata… Ubud es el paraíso. No solamente andan libres por todo lados, trepando palmeras, gente y platos de fruta ajenos, también tienen su propio santuario, el Monkey forest. Es un lugar bellísimo, una selva completa que tiene tres templos adentro.
La misión del “Sacred Monkey Forest Sanctuary”, como ellos mismos la explican, es conservar el área basándose en el concepto de Tri Hita Karana, tomado de la filosofía del Hinduismo, que significa algo así como las tres formas de alcanzar el bienestar físico y espiritual. Lo sustancial de esta doctrina es cómo hacer que las personas mantengamos vínculos armoniosos en esta vida: armonía entre las personas, armonía con la naturaleza y armonía con Dios. Esto reza y propone el Monkey Forest, por eso hacen especial hincapié en el respeto por la naturaleza y los cuidados que deben tenerse, ya que los monos están sueltos y uno puede darles bananas, sacarles fotos y demases. Es muy lindo verlos andar por ahí sin problemas, y es loquísimo lo acostumbrados que están al contacto con humanos. Sólo para completar la info, los tres templos que están dentro del parque son “Pura Dalem Agung”, que es el templo principal, dedicado al dios Hyang Widhi, “el transformador”; “Pura Beji”, donde se rinde culto a la diosa Gangga, y es un templo de purificación; y “Pura Prajapati”, ubicado junto al cementerio, que se utiliza como temporario mientras se espera el día de cremación masiva, que es cada cinco años.

Los templos en Ubud son tantos… la ciudad está construida sobre ellos. No es raro suponer que de allí venga también la espiritualidad de este lugar. Ningún otro pueblo de la isla de Bali tiene tantos templos y espiritualidad como tiene Ubud. Es única. Y enamora.





domingo, 17 de mayo de 2015

Un año en ojotas

Me atrevo a imaginar que si encuesto a la población argentina, en realidad diría a la población mundial, la mayoría de ellos aceptaría haber deseado alguna vez (si no seguir teniendo el deseo) irse de viaje un largo tiempo, sin rumbo fijo, a viajar por viajar y por conocer otras culturas, otros paisajes, pisar otros suelos…
En esta estadística sin estadística entramos Lui y yo. Siempre, de alguna manera, habíamos fantaseado con viajar varios meses. Cada uno por su lado, sin siquiera conocernos. Cuando la vida nos cruzó empezamos a compartir el sueño de hacerlo realidad, aunque sinceramente creyéramos (y en algunas ocasiones entre risas lo seguimos sosteniendo) que es algo para hacer a los 20 y no a los 30, ni pasándolos. Prejuicios y miedos aparte, nos embarcamos en este proyecto que decidimos llamar @haciendocamino2015. Y el primer objetivo fue vivir un año en ojotas. Inspirados por “Follow the sun”, de Xavier Rudd, apostamos a vivir un año de verano, siguiendo al sol y el calor, con una mochila al hombro, algún abrigo por si acaso, y todo lo necesario para entregarnos al andar.

El 14 de enero, post despedidas y embalaje de absolutamente todo, embarcamos rumbo a Madrid.
Sí, hace más de cuatro meses de eso, y recién me digno subir este blog… es que entre tanto movimiento, cambios de lugares, aventuras y demases, sumado a los varios inconvenientes tecnológicos propios del caso, nunca pude sentarme como era debido. Motivo por el cual haré un salto en el tiempo, que aterrizará en Bali, lugar en el que estamos en este momento. Prometo lueguito ponerlos al día con Tailandia, Cambodia, Laos, y los tres meses en Australia…